LA LUMBRE Y SU CHIMENEA

Si algo había permanecido impasible a través de los tiempos, esas eran, sin duda, la lumbre y su chimenea. En su presencia, se desarrollaban los más vulgares y cotidianos quehaceres; desde el puchero a la sartén, desde la leña a las tenazas, que sin contemplaciones aprisionaban los troncos y los acercaban al fuego. Era normal la presencia de la madre de familia, que preparaba la comida, secaba pañales y zurcía destrozos, mientras los suyos reparaban fuerzas o entraban en calor. Todo seguía su curso hasta que un día el puchero se enteró de los deberes laborales y los derechos sindicales; fue en ese día que se plantó. Reunió a todos los utensilios: paella, cacerola, tostadora, cafetera, escoba y demás cacharros. Su discurso fue breve, pero intenso: “Yo por la mañana preparo las sopas, al medio día el cocido y a la noche la verdura. Mi jornada laboral es de más de 16 horas diarias; tú, paella, cinco minutos dos veces al día como máximo; tú, cacerola, solo algunos festivos y siempre con manjares delicados; tú, tostadora, con diez minutos por la mañana pasas al descanso, y tú, escoba, solo das algunas vueltas de paseo varias veces al día”. La discusión fue subiendo de tono hasta que, cuando cabía esperar lo peor, llegó la dueña y puso la escoba en su rincón, la tostadora en su sitio, la cacerola en la repisa, la paella, una vez frotada con agua y jabón en la escorredero, y el pobre puchero… como los esclavos, sin rechistar, otra vez a la lumbre. Ya lo decía mi padre en gloria esté: ¡Al que nace para burro, del cielo le cae la albarda…!

Han pasado muchos años. Hoy la chimenea está triste, la lumbre ya no calienta. El puchero, la paella, la cacerola, la tostadora, la escoba… Todos están callados, ninguno se queja. Olvidados en un rincón de la casa, solo la penumbra y el silencio les acompañan.

Paco

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BENIFONS

En las estribaciones pirenaicas, ya casi a los pies del Aneto, está enclavado uno de los pueblos más bucólicos, tranquilos y soleados de toda la cordillera. Con sus innumerables fuentes (de ahí su nombre), sus bellos prados con sus árboles, flores y pájaros, todo en conjunto, respira paz e ilusión. Desde su privilegiada posición, como una monumental atalaya, se puede contemplar todo el valle del Baliera, con el río que le da nombre correteando por el fondo y produciendo en su camino una singular melodía, tal vez monótona pero que, como si de un elixir se tratara, calma los nervios, invade el alma e invita a soñar. Dejando aparte los sueños, todos los pueblos de la ribera están al alcance de nuestra vista y su contemplación es un verdadero placer.

Tengo la impresión de que el astro rey, desde tiempos inmemoriales, ha mantenido una relación muy especial con aquel precioso lugar. Como si de un amante se tratara, a los pocos minutos de asomarse al horizonte sus rayos ya dan vida a todo su entorno. Al atardecer, aceptando su forzosa despedida, sus últimos rayos languidecen como susurrando un inmenso suspiro.

En ocasiones, como en el amor, salta la chispa, la tranquilidad se rompe, los nubarrones aparecen en el horizonte y, entre rayos y truenos, retumbando las montañas, surgen verdaderas torrenteras, como si los dioses de la guerra, asociados con las fuerzas telúricas, quisieran deshacer su encanto. Pero, afortunadamente, aquello sólo es un pequeño lapso que ayuda a comprender la grandiosidad de los elementos. Superado el trance, el sol vuelve con más fuerza, los colores son más brillantes y el aire más puro. Una vez más, invita a soñar y a vivir.

Éste es el pueblo que un día me vio nacer. En él aprendí a llorar y reír, a luchar y vencer. Avatares de la vida me apartaron de su regazo, aunque jamás pudieron apartarlo de mi corazón.

BENIFONS, siempre serás mi gran ilusión.

Paco Farré

LA SOLEDAD

Los que nacimos en turbulentos tiempos de revolución y sufrimos las calamidades de una guerra fratricida, donde el odio y el rencor alcanzaron cotas aberrantes, y luego, terminada la contienda, apechugamos con sus secuelas y luchamos sin descanso para abrir un horizonte en la vida, hoy, en las postreras etapas de nuestro recorrido, inevitablemente, casi sin querer, evocamos aquellos versos de uno de nuestros clásicos: “Qué descansada vida, la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido”.

Sin duda, pocas palabras tienen tantas acepciones como soledad. Desde la del fracasado que llora su desgracia, el despechado que tiene que morder el polvo del olvido, hasta aquél que, buscando metas elevadas, se aparta de todo bullicio, hay infinidad de peculiaridades y matices. Pero, como todo en la vida, las cosas son como son y corresponde al individuo buscar el lado positivo.

Tiene que ser tremenda la soledad de quien ha pasado por la vida pisoteando, masacrando, destruyendo cuanto se oponía a sus ansias de riqueza, poder y superioridad, y llegado a la meta, comprueba que los verdaderos valores han desaparecido de su entorno. Mirando el reverso, quien ha cultivado la convivencia y el respeto al semejante, procurando que la honradez sea la senda que guíe sus pasos, seguro que divisará otro panorama.

Como jamás ha sido mi intención abusar del paciente lector, voy a terminar evocando una vez más a nuestro gran poeta: “Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado, dichoso el humilde estado del sabio que se retira de aqueste mundo malvado”.

En el transcurso de los años, son muchos los avatares a los que hay que enfrentarse y, sin duda, analizarlos en soledad y reposo puede resultar el mejor ungüento.

Paco Farré

EL LLANTO

Desde el llanto de las plañideras que van a sacarse un sueldo hasta el llanto que dicen que emite el cocodrilo después de zamparse al incauto explorador, sin duda hay una infinidad de lloros y matices. Llora el bebé para exigir sus derechos y cubrir sus necesidades, llora el rapaz al no poder alcanzar todos sus caprichos, llora el joven que ve menospreciadas sus ilusiones y llora el que se siente impotente de satisfacer las necesidades de su familia, cuando hay muchísimos insensatos dilapidando inmensas fortunas por todas partes, y sin el menor pudor.

Hay llantos tremebundos, como cuando se levantan las fuerzas telúricas y con su hercúlea fuerza arrancan cuanto encuentran en su camino, pero también hay llantos suaves que llegan al corazón: el llanto de la fina arena besada por tranquilas aguas; el llanto del solitario árbol que, después de una fría noche, descarga sus penas con la llegada del día; el de la bella flor que en primavera se asoma al primer rayo de sol. Tal vez el mejor llanto sea el del alma herida: el de la ilusión perdida o el del sueño imposible que, por lógica, jamás llega a conseguirse.

Mención aparte merece el llanto personal, aquel que nos obliga a repasar nuestros patinazos por la vida y del que preferimos no opinar; pues, cuando el arreglo no es posible, siempre es mejor reír que llorar.

Terminaré recordando que es difícil que exista en todo el mundo otro país de pluma fina tan dispuesto a abrir su corazón al llanto y al dolor en poemas que inexorablemente nos llevan a la sutil y siempre estimada rima.

Paco Farré